“Muchas veces intentamos ayudar a las personas, pero ellos no nos dejan. Ya sea porque no quieren reconocer su herida, ya sea porque consideran que pedir ayuda les representa un signo de debilidad.
Con el tiempo, comprendí que no se puede sanar a quien no quiere ser curado, ni mostrarle la luz a quién padece ceguera.
Hay que esperar pacientemente. Con amor. Sentarse al lado. Y extender la mano. En silencio. Muchas veces el silencio es mejor que mil palabras.
En algún momento el castillo de la fortaleza se derrumbará. En algún momento el engaño no podrá sostenerse y la herida sangrará tanto que deberán hacerse cargo.
Y en ese momento nos necesitarán. No antes. No después. Es en ese preciso momento. Ese instante de quiebre, en el que el corazón grita y se rompe en mil pedazos.
Es como el agua que va subiendo. Tobillos. Rodillas. Caderas… Uno puede anticipar el final. Pero ellos no pedirán ayuda, sino hasta el momento en el que no puedan respirar.
Recuerda, dijo Menjak: No se le puede tirar un salvavidas a quien no sabe que se está ahogando”. Daiana Slipak
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martes, 9 de septiembre de 2014
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